viernes, 26 de noviembre de 2010

Extraña curiosidad…


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Bicicletas, muchas bicicletas, quizás miles de bicicletas que aturden la mirada al salir de la Estación Central de Amsterdam. Es el primer tópico sobre la ciudad, pero sabemos que vendrán más…
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Y el siguiente, los  canales. Y en ellos, sus barcazas navegando en todas direcciones, y cuando no lo hacen, aparcadas plácidamente porque se han convertido en originales viviendas.
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Y tulipanes, muchos tulipanes, quizás ,miles de tulipanes adormecidos en forma de bulbo y esperando un momento y un lugar para descubrir su color, pero también, porque no, su porte vanidoso.
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Y mezclado, o quizás siendo más preciso, en mitad de esos típicos tópicos de la ciudad, el encuentro casi  forzado y divertido con esos escaparates en los que figuras más o menos estilizadas de carne y hueso, se alquilan para satisfacer curiosidades, gustos y necesidades.
Pero entre tanta ida y venida, en los que los canales y puentes, calles y callejuelas prueban a aturdir la brújula biológica, se percibe un barrunto extraño. Hay algo diferente en esta ciudad que no se percibe en otras. Es una sensación  casi acechante. No presagiamos peligro alguno, pero esa impalpable presencia se hace notoria con más intensidad en algunos lugares.  
Después de mirar y remirar en todas direcciones sin encontrar una amenaza fundada, he llegado a la conclusión de que tal vez sea un extraño efecto que aun no ha sido estudiado suficientemente, en el que hay una transferencia del mareo del navegante. Este, según  mi primera hipótesis, afectaría  como castigo a aquellos que en lugar de embarcarse, se limitan a observar desde la orilla el paso de las barcas repletas de turistas.
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Tranquilizado por mi inaudita explicación del fenómeno, y resuelto a hacer naufragar en cerveza ese  inmerecido correctivo, me senté  a la orilla de uno de los canales, levanté la vista hacia los edificios de la calle…y ,asombrado, encontré la solución.
Eran los edificios, los que en cualquier otra ciudad tratarían con desdén al paseante, aquí lo observan con disimulo. Se inclinan levemente hacia adelante. Es  una extraña curiosidad con la que quieren contemplar a quienes pasan junto a ellos.
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¿ Porqué hacen eso?  … La explicación de tan extraño comportamiento lo dejaremos para otro día…
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