El tiempo…


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      Las ausentes agujas habían dejado la huella de una sonrisa en su esfera. Y allí, en la transitada calle Maiselova, llamaba la atención de  los que, siguiendo el itinerario turístico, coleccionábamos las sinagogas praguenses.  Humilde, en un rincón de aquel escaparate, parecía ufanarse de haberse liberado de su interminable trabajo.
Se había desembarazado  hasta de aquel pequeño martillo que cuando llegaba el momento le aturdía con su persistente campanilleo. Tal vez era la razón de su marcada sonrisa. Lo que  no tenía mucho arreglo era la perdida de su brillo juvenil ni alguna abolladura que seguramente en un ataque de furia adormilada, algún dueño le endosó.
Desde allí rivalizaba en el número de fotos que recibía con el impresionante reloj de la sinagoga vieja de Praga, aquel que movía sus saetas  al revés y tenía su numeración en caracteres hebraicos…
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    Con sus extraños números , al menos para mí, y con su no menos testarudo caminar al revés del mundo…bueno, del mundo de los relojes normales, me resultaba inútil sin su traductor colocado detrás de él y que mostraba la hora en cristiano.
Tan altivo como el vigilante de la Sinagoga Vieja que miraba sin que pareciera ver, daba la sensación de resultarle indiferente todo lo que le rodeaba, o quizás había visto demasiadas cosas como para prestarle interés a los incesantes grupos de turistas que  no dejábamos de sacarle fotos.
O Tal vez eran celos del que consideraba su rival en la medida temporal, y de ahí que le diera la espalda a su gran adversario en captar el interés de los viajeros… el gran reloj astronómico del ayuntamiento.
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Llamativa y complicada manera de medir el tiempo. Aun no he llegado a discernir si se trataba de un ejercicio de complejidad mecánica perpetrado por el maestro relojero, o cómo dar más información en el menor espacio posible sin que al final se supiera la hora.
De todos modos tiene su mérito el conseguir, cada día a horas determinadas y durante años, congregar cientos de personas mirando al mismo sitio  mientras desgranan exclamaciones de admiración y sorpresa. Pero tanto merito tiene esa capacidad de atracción como divertido es contemplar, como a pesar del tamaño y variada información que propone, a los turistas echar un vistazo a su muñeca una vez acabado el espectáculo para saber la hora.
Más  inquietante resulta ver, aunque entre el jolgorio turístico apenas se le preste atención, los movimientos turbadores de las figuras alegóricas que  flanquean la esfera del reloj: La Vanidad, La Avaricia, La Lujuria y la Muerte.
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Ajeno a estas rivalidades relojeras y a sus complicaciones técnicas, el viejo y jubilado reloj despertador sigue sonriendo mientras ve pasar al siguiente grupo de turistas…

Comentarios

  1. El tictac de los relojes parece un ratón que roe el tiempo.

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  2. Es curiosa la frase, nunca pensé que podía ser un queso para un reloj...

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